Es la madre de todos los dioses del panteón azteca, una de las principales deidades que trajo ese pueblo al inmigrar al Valle de México.

La mágica cosmovisión de los mexicas está plena de lugares fantásticos. Por ejemplo, Tlacapillachihualoyan, “donde son creados los hijos de los hombres”, ahí donde los dioses se crearon, ahí donde Ometecuhtli y Omecíhuatl formaron la primera semilla de la vida, y ahí donde acudieron Quetzalcóatl y Huitzilopochtli en busca del infinito azul formado de nebulosas de increíble belleza.

Cipactli Tlaltecuhtli, el Señor de la Tierra, animal cuya existencia transcurre  entre el agua y la tierra, simboliza las contradicciones de la naturaleza: noche-día, maldad- bondad, odio-amor.

Cihuapipiltin, “mujeres nobles”, los mexicas denominaban a los espíritus femeninos, hermanas de los Macuiltonaleque, diosecillos de los excesos, que en vida habían sido mujeres ligadas a la aristocracia imperial muertas en el trabajo de parto de su primer embarazo.

Alto mancebo de noble porte, llevando el Cahuipilli gris sin mangas y cuyos brazos teñidos de negro de obsidiana, eran fuertes y hermosos, era el que hacía proyectar sobre malezas del monte la sombra larga y fantástica, y era el también que con ceremoniosas palabras y frases delicadamente escogidas, habíase dirigido a una mujer airosa y joven, vestida de primoroso huipilli blanco.