La leyenda de Cipactli Tlaltecuhtli

Leyendas Aztecas
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Cipactli Tlaltecuhtli, el Señor de la Tierra, animal cuya existencia transcurre  entre el agua y la tierra, simboliza las contradicciones de la naturaleza: noche-día, maldad- bondad, odio-amor.

Dios lujurioso representativo de la fecundidad, la crueldad, y la muerte; criatura marina de cuerpo mitad cocodrilo y mitad pez; de sexo indefinido,  siempre hambriento y voraz; de cuerpo dividido en dieciocho partes articuladas, cada una provista de una boca.

Tezcatlipoca, el Espejo Humeante, Señor de los Cielos y la Tierra, encarnación de la Muerte y la Noche, fue el segundo hijo de Ometéotl, el dios creador del universo, dios dual a la vez masculino y femenino.

Tezcatlipoca, junto con su hermano Quetzalcóatl, dieron origen al mundo, pues en el principio de los tiempos sólo existía el océano primigenio y nada más. Cipactli, el  Monstruo de la Tierra,  moraba en ese único mar.

Un día, a posta, Tezcatlipoca metió su pie en el océano, y Cipactli se lo comió prestamente.  Cuando salió a devorar el sagrado pie, los divinos gemelos aprovecharon su salida del agua y lo atraparon. Extendieron el cuerpo del Cocodrilo sagrado, hasta formar la Tierra con él. Al conjuro divino sus ojos se convirtieron en lagunas y estanques; sus fosas nasales devinieron las cuevas que se encuentran en la naturaleza.

Los dioses creadores decidieron partir a Cipactli por la mitad: con una parte formaron el Cielo, con la otra la Tierra. Arriba, en ámbito celestial, quedaron nueve partes a las cuales llamaron Chicnauhtopa, “los nueve que están sobre nosotros” que se encuentran en la cabeza de Cipactli. Abajo, en el Inframundo, quedaron otras nueve partes, a las que denominaron Chicnauhmictlan, “los nueve mundos de los muertos”, ocupan la cola del cocodrilo sagrado. Ambas zonas se encontraban separadas por un tronco de árbol. En el espacio que quedó en medio de ellas residían  los seres humanos, en Tlalticpac, rodeada del agua divina, Atéotl, situada en la mitad del cuerpo del Señor de la Tierra. La pareja primigenia, Oxomóco y Cipactónal, a petición de Quetzalcóatl, inventaron la medición del tiempo y crearon el calendario en honor a Cipactli, cuyo primer mes de los dieciocho que lo conformaban, llevaba precisamente el nombre del legendario animal. Desde entonces, el cocodrilo sagrado simboliza  la Tierra flotando en las aguas primordiales; y sus enormes fauces son las puertas de entrada al Inframundo.